Jugando al escondite
Recuerdo los veranos en mi pueblo. Una inmensa cuadrilla de todas las edades, la complicidad de la noche, una plaza enorme y el escondite. Podíamos empezar jugando a moros y cristianos, a pillar o a la pelota, pero siempre llegaba la hora del escondite. Corríamos despavoridos mientras empezaba la cuenta y, cuando encontrábamos el lugar perfecto, nos cambiábamos los jerséis y las camisetas para hacer más difícil reconocernos. Podíamos jugar durante horas, empapados en sudor de las carreras por no ser quien se la quedase, dolorida la tripa de las carcajadas. Echo de menos esa época, como se añora lo que se idealiza en la memoria. Añoro la despreocupación y los nervios cuando el reloj apuntaba la hora de volver a casa. Pero la vida es así, crecemos, cambiamos, perdemos momentos y ganamos otros. Ahora veo otros escondites, más absurdos, menos divertidos. Esos que te llevan a observar a otros sin ser visto. Cada día conozco a más personas preocupadas tanto por s...